El 25 de Noviembre de 1984, Juan Pablo II, declaraba beato al Padre Daniel Brottier, misionero de la Congregación del Espíritu Santo. En la vida del Padre Brottier se pueden destacar diversas facetas que lo convierten en un gran hombre de la Iglesia. Fue un heroico capellán militar durante la primera guerra mundial, emprendedor misionero en Senegal y, sobre todo, fue conocido y admirado por su total y absoluta dedicación durante los últimos años de su vida a los niños y jóvenes huérfanos de Auteuil, en París.
Nacido en Blois (Francia) el 7 de Septiembre de 1876 y fallecido en París el 28 de febrero de 1936, el Padre Brottier desarrolló paso a paso los proyectos que Dios había preparado para él. Su gran deseo, era ser misionero y consagrar su vida a África y, fruto de ello, fue su trabajo misionero en Senegal. Allí levantó, con mucho esfuerzo y sacrificio, la gran Catedral de Dakar, conocida todavía hoy como “La Catedral del Memorial Africano”.
Como capellán militar fue un hombre con mucho coraje a la vez que prudente; amigo y confidente de oficiales y soldados. En la Guerra Mundial de 1914 a 1918 recibe las condecoraciones de “Oficial de Honor de la Legión” y la “Cruz de guerra”. Pero sobre todo, ha sido realmente admirado y conocido como “Padre de los Huérfanos”, habiéndole confiado personalmente esta tarea el propio Cardenal Arzobispo de París. A ellos, a los niños y jóvenes huérfanos, dedicó casi 13 años de su vida.
Monseñor Jalabert, misionero espiritano y obispo de Dakar (Senegal) por aquel entonces, deseaba construir un templo digno para el culto, una catedral que, a parte de ser la casa de Dios, fuese también un lugar que recordara a todos aquellos que con su valor y amor dieron su vida por África y por los africanos. En un momento dado, el Padre Brottier debe regresar a Francia debido al mal estado de su salud física, que le condenará a dejar el continente africano definitivamente. El obispo Jalabert conoce perfectamente al Padre Brottier, y sabe que él podría llevar a buen término el proyecto de la catedral, aún estando en Francia. Por ello, le nombrará Vicario General de Dakar con residencia en París, además de director de la Catedral. A su vez, el Padre Brottier acepta con gusto los planes de su obispo para llevar a cabo una tarea exclusivamente misionera, pese a residir en Francia. Una vez más, el padre Brottier, pone todas sus energías en un nuevo apostolado. Organiza un secretariado, instala un servicio de relaciones públicas y “envuelve” en el proyecto a toda una serie de personalidades. Él es el alma de de esta obra y, ante ello, los cristianos de Francia no se quedan impasibles, al contrario, la sensibilidad y el trabajo de este hombre de Dios hace que, después de varios meses de duro trabajo, surja una red de amigos que le ayudarán desde muchos lugares de Francia. Durante siete años, divididos en dos períodos, de 1911 a 1914 y de 1919 a 1923, el Padre Brottier pone todo su empeño y su tiempo al servicio de la obra de la Catedral Monumento. Este proyecto es providencial para poner de relieve las cualidades y virtudes de Padre Brottier. Su fe invencible y su espíritu misionero hacen brotar sus cualidades humanas, manifestando toda la riqueza de su personalidad en la dedicación que pone en esta misión. Y así, el 2 de Febrero de 1936, el sueño de Monseñor Jalabert se hace real: la Catedral es consagrada por el Cardenal Verdier, legado del Papa. Pero en esta ceremonia se deja sentir una gran ausencia, la del Padre Brottier, que prefiere permanecer ajeno en esta hora de gloria, y compartir el momento con sus huérfanos de Auteuil. A ellos se dirige con estas palabras en la pequeña fiesta familiar: “Amigos: no encuentro palabras para deciros lo feliz que me encuentro entre vosotros con esta fiesta que hoy me ofrecéis; estoy más contento que si estuviese acompañando al Cardenal en Dakar. Me encuentro feliz entre vosotros porque sois vosotros los que me hacéis feliz. Muchos se sorprenderán de que no haya viajado a Dakar para vivir allí este momento. Ya no estoy para buscar honores humanos ni gloria humana en la que jamás he pensado. Debemos ver en todo el amor de Dios, que hace que hoy estemos aquí reunidos en la alegría, debemos, mientras nos quede un mínimo aliento de vida bendecir a Dios y cantar eternamente sus misericordias”.En estas palabras que el Padre Brottier dirigía a sus hijos veintiséis días antes de su muerte, se transparenta la belleza de su alma que desde la humildad y el reconocimiento de su pequeñez ensalza la gloria de Dios.
El Padre Brottier era un hombre apasionado por la vida pastoral difícilmente identificable con los despachos y las oficinas, aunque los años dedicados a la construcción de la Catedral le supusieran estar mucho tiempo trabajando desde ellos. Él era una persona preparada para un “apostolado de contacto” y la guerra de 1914 le abre un campo de acción que va a estar a su altura. Muchos son los testimonios y anécdotas sobre los casos y gestos del Padre Brottier con los soldados. Cuentan que vivía y compartía de forma especial los sufrimientos de tantos hombres para los cuales el riesgo era el pan de cada día. Sacerdote y pastor, el Padre Brottier se implicó al cien por cien en esta tarea con la palabra y con el ejemplo, reconfortando y animando, siendo confidente y preparando a muchos hacia su partida definitiva de este mundo. Sin miedo al peligro, veía y escuchaba; apoyándose siempre en la fe y en la caridad establecía puentes de unión entre la tropa y los mandos. Como muestra de su eficaz actividad sacerdotal durante estos terribles años de guerra, nos quedan estas palabras dirigidas a su hermana y a su cuñado cuando, terminada la guerra, les confía la Cruz de Capellán militar: “Guardadla con extremo cuidado. Esta cruz, fue testigo muda de mi vida durante toda la guerra y ha sido besada por muchos moribundos, por muchos soldados en su último suspiro. ¡Cuántas veces estuvo sobre sus cuerpos destrozados por las heridas de la batalla ! Si el cordón de esta cruz pudiese destilar toda la sangre en la que fue bañada, el agua con el que la mezclaran se volvería roja”. En 1918, se declara al Padre Brottier Capellán Legendario por su entrega, por poner en práctica, con el amor como fuerza motriz, su lema personal : “O TODO O NADA”.
El Padre Brotttier, trabajará durante doce años con los huérfanos de Auteuil, en París. Dos preocupaciones, íntimamente ligadas, dominan y orientan su acción: salvar a los niños y jóvenes más pobres e infelices y asociar estrechamente a esta misión la figura de Teresa de Lisieux como misionera, bajo cuya protección, la obra de los huérfanos será una obra de amor. El camino a recorrer con los huérfanos no será precisamente llano y fácil, sino más bien, pedregoso y difícil; vivirá momentos de gran tensión entre los chicos y el personal, y las deudas le rodearían por todas partes. Una de sus primeras actuaciones sería la de cubrir poco a poco esas deudas, así como el aumento de los salarios al personal y la mejora de las condiciones de vida de los huérfanos. Pero todo esto no es fácil, sobre todo por la falta de apoyos del consejo de dirección. Incluso, en el seno de la Congregación del Espíritu Santo, se llega a ver la actitud del Padre Brottier como un tanto irracional y desconcertante, rozando el límite de las inconveniencias.
En su deseo de construir una capilla en honor de Santa Teresa, habría de escuchar muchas y diversas opiniones, habiendo gente que no veía con buenos ojos la realización de este proyecto por considerarlo innecesario. Pero a pesar de ello, la idea de Padre Brottier, una vez dada a conocer, hace que mucha gente de buena voluntad quiera colaborar y entregar sus donativos para la construcción del templo en Auteuil. Es el comienzo de una maravillosa y desconcertante cadena de amigos que permitirá que la obra de Auteuil vaya saliendo adelante de manera prodigiosa a favor de tantos niños y jóvenes huérfanos, una cadena que todavía hoy sigue creciendo y dando frutos de generosidad y de solidaridad. La capilla será la fuerza motriz de la obra de los huérfanos ; se convertirá en un gran centro espiritual donde confluirán súplicas de angustia y gritos de aflicción con mensajes de amor y de reconocimiento. El Padre Brottier construye dormitorios y salones para la acogida, multiplica las aulas de estudio, sobre todo para la formación profesional. El nº 40 de la calle La Fontaine ya se queda pequeño. Abre casas en la región parisina y en toda la provincia. Crea las “casas del campo”, donde muchas familias solícitas acogerán a centenas de muchachos para aprenderles a labrar la tierra. Ya no son los huérfanos de Auteuil, son los huérfanos de toda Francia, los que acuden al Padre Brottier. Durante doce años lucha de forma incansable contra la miseria, sensibilizando a todos sus amigos y a la gente en general para que le sigan ayudando en sus proyectos, recordándoles siempre que Santa Teresita está íntimamente ligada a todo lo que él emprenda a favor de los más pobres. Escribe miles y miles de cartas que son reveladoras del amor a Dios y a los más desamparados.
En ocasiones se ha dicho que le Padre Brottier fue un hombre de negocios. Es verdad. La herencia que él dejó es prueba de ello. Si, “negocios de la providencia”. El Padre Brottier fue el “negociador del cielo”, y sus triunfos nunca se le subieron a la cabeza. Su intensa vida interior, sustentada por una constante intimidad con Dios, lo mantienen siempre en una actitud de profunda humildad y en la renuncia total a sí mismo. Ahí están las poderosas razones de su éxito. Ya enfermo y casi al final de sus días decía estas palabras : “Los médicos se afanan en buscar el origen de mi enfermedad para ponerle remedio….si supieran cuantas miserias llaman todos los días a mi puerta, sabrían de donde viene mi dolor”. Multiplicar por diez, en doce años, el número de recogidos en Auteuil, no lo dejó satisfecho. La obra del Padre Brottier no termina con su vida. Muchos misioneros espiritanos, religiosos y religiosas, laicos comprometidos, siguen llevando adelante esta hermosa labor. Hoy la Obra de los Huérfanos de Auteuil, bajo la tutela pastoral de la Congregación del Espíritu Santo, acoge a 4000 almas.
Luis Cachaldora, misionero espiritano